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El cuarto rojo del ático

Posteado en Aventuras infantiles, TODOS con etiquetas, , sobre Marzo 18, 2008 por hyperion

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    Cuando era pequeño, vivía en una casa de tres pisos. En el tercero había un desván abandonado y una buhardilla en la que siempre se reunían mis hermanos mayores y sus amigos cuando estaban de guateque. El lugar tenía un tocadiscos, posters por las paredes, tres sofás desvencijados y un par de lámparas que alumbraban de luz roja la estancia. Todo muy en línea con la época hippy de los años 70 en España. La verdad, no era gran cosa, y si lo viera ahora sería una decepción, pero cuando eres pequeño (entre 5 y 9 años, calculo), todo es una aventura. Además, se supone que aquella buhardilla, según mis estándares, era un lugar de lenocinio y pecado, con lo cual era objeto de mi devoción. La atracción del reverso oscuro…

     Aunque no me estaba permitido entrar cuando mis hermanos y sus amig@s estaban dentro (lo más granado de la época), de vez en cuando te llamaban para que les hicieras algún recado. Y yo subia allí  como si aquello fuera la Torre del destino, el corazón palpitando en el pecho ante la aventura que se avecinaba… porque sabía perfectamente que el precio de la superpropina de ir a por tabaco era chanza a mi costa y 800px-serengeti_lion_running_saturated.jpgalgún intento de pescozón. Al principio, me comportaba como una gacela ante los faros de un coche, y me quedaba quieto, deslumbrado en aquella cacofonía hipnótica, presa fácil para mis depredadores. Pero con el tiempo aprendí a orientarme bien en aquella luz roja y a evitar con agilidad los intentos de capón. Además, siempre había niebla y los reflejos de mis perseguidores eran lentos, con lo cual solía salir bien parado.

     

    Quiero decir públicamente (probablemente por si mi madre lee esto ;)) que no es que no hubiera afecto en la transacción, lo que pasaba es que tus hermanos te querían de esa extraña manera en la que te quieren los hermanos mayores cuando eres peque.  A ratos un hermanito estupendo al que cuidar o patear cariñosamente, en otros un peluche simpático con el que impresionar por falsa ternura a alguna hippijuela a la que se querían beneficiar –mientras, tú te dejabas acariciar como un Rotweiler inquieto, temiendo el palo que no venía-.  Todo con mucho cariño y trato familiar extremo, por supuesto, pero siempre con tintes de pressing catch.

    Pero, como digo, uno se curte en ese tipo de batallas, y además solía salir con un buen puñado de monedas de allí. Así que en cuanto terminaba sano y salvo la aventura me iba a la tienda y compraba petardos de los grandes, con los que dinamitaba lo primero que encontraba a mano en el barrio. Siempre volvía a casa lleno de polvo y con olor a pólvora, sintiéndome como un personaje de la Resistencia francesa, de noche merodeando por los cabarets y de día saboteando instalaciones nazis…

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El noble oficio de los alergólogos y las malas artes de la Inquisición española

Posteado en Aventuras infantiles, TODOS con etiquetas, , sobre Febrero 29, 2008 por hyperion

 (Colección “Mis pequeños traumas infantiles”)

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    Todo el mundo tiene sus pequeños traumas médicos de la infancia. Aunque no se haya padecido nada grave, que es lo deseable, siempre hay ese pequeño recuerdo vívido de absoluto dolor, o terror, o lo que sea. Son todos unos profesionales estupendos, nadie lo pone en duda, pero la visita del practicante a poner la inyección, el dentista, el otorrino, etc… Todo el mundo tiene ese algo, ¿verdad? La infancia y sus pequeños horrores.   

    Uno de los míos era con el alergólogo. Varias veces de muy joven vine a Madrid a que me mirara uno presuntamente muy bueno. El tío debía ser bueno, la verdad es que ya no tengo alergia –ni olfato-,  pero sus métodos eran… Tenía que tomar muestras del seno nasal, y no había mejor manera de hacerlo que metiendo un alambre de acero con un poquito de algodón en la punta nariz pa´rriba.  Imaginaos, pasa de largo de donde tú llegabas bien con el dedito y sube y sube hasta que lo notas bien entre los ojos. Duele al entrar, duele al estar dentro y duele al salir. Y da una grima que no veas. En mi caso, fue mi pleno al quince infantil. Peor que cuando me pillé los dedos del pie con la puerta del coche, peor que cada vez que rompía algo con la cabeza -gracias a mis pies planos-, peor que agujas, peor que dolores de muelas, peor que todo… Y después del primer alambre, venía otro, y otro. Rezo para que el tema haya cambiado y no haya más afectados como yo, esperemos que hayan encontrado un método menos cruento, aunque lo dudo.   

    Pero casi igual o peor era el querido doctor, con esos “Venga, ale, que no es nada. ¿A un hombretón como tú le va a doler? Venga, ves, ya está, ya, hala, listo… Y ahora otro, venga, este sí que es el ultimo, vamos tigre!”  Y terminaba y te daba una piruleta y se quedaba tan ancho el tío. Yo nunca decía ni mú, pero si mi espíritu volviera a aquel momento, sabéis que le diría?    

    Tío, me acabas de meter un jodido alambre de acero casi hasta al cerebro y a cambio me ofreces una piruleta??? Menudo negocio! Espera, tengo una idea mejor: ¿Que te parece si yo te ofrezco a ti la silla eléctrica por homicidio frustrado, eh??   

    };)))))))))))))))))   

    Como conclusión he de decir que hoy día, ya mayorcito y bien maduro, no tendría inconveniente en repetir todo el proceso si fuera necesario para curar mi alergia. Todo en aras de la ciencia. Eso sí, con una sola condición:     

    Primero deben arrancarme el Winchester de mis fríos dedos muertos