El cuarto rojo del ático
Cuando era pequeño, vivía en una casa de tres pisos. En el tercero había un desván abandonado y una buhardilla en la que siempre se reunían mis hermanos mayores y sus amigos cuando estaban de guateque. El lugar tenía un tocadiscos, posters por las paredes, tres sofás desvencijados y un par de lámparas que alumbraban de luz roja la estancia. Todo muy en línea con la época hippy de los años 70 en España. La verdad, no era gran cosa, y si lo viera ahora sería una decepción, pero cuando eres pequeño (entre 5 y 9 años, calculo), todo es una aventura. Además, se supone que aquella buhardilla, según mis estándares, era un lugar de lenocinio y pecado, con lo cual era objeto de mi devoción. La atracción del reverso oscuro…
Aunque no me estaba permitido entrar cuando mis hermanos y sus amig@s estaban dentro (lo más granado de la época), de vez en cuando te llamaban para que les hicieras algún recado. Y yo subia allí como si aquello fuera la Torre del destino, el corazón palpitando en el pecho ante la aventura que se avecinaba… porque sabía perfectamente que el precio de la superpropina de ir a por tabaco era chanza a mi costa y
algún intento de pescozón. Al principio, me comportaba como una gacela ante los faros de un coche, y me quedaba quieto, deslumbrado en aquella cacofonía hipnótica, presa fácil para mis depredadores. Pero con el tiempo aprendí a orientarme bien en aquella luz roja y a evitar con agilidad los intentos de capón. Además, siempre había niebla y los reflejos de mis perseguidores eran lentos, con lo cual solía salir bien parado.
Quiero decir públicamente (probablemente por si mi madre lee esto
) que no es que no hubiera afecto en la transacción, lo que pasaba es que tus hermanos te querían de esa extraña manera en la que te quieren los hermanos mayores cuando eres peque. A ratos un hermanito estupendo al que cuidar o patear cariñosamente, en otros un peluche simpático con el que impresionar por falsa ternura a alguna hippijuela a la que se querían beneficiar –mientras, tú te dejabas acariciar como un Rotweiler inquieto, temiendo el palo que no venía-. Todo con mucho cariño y trato familiar extremo, por supuesto, pero siempre con tintes de pressing catch.
Pero, como digo, uno se curte en ese tipo de batallas, y además solía salir con un buen puñado de monedas de allí. Así que en cuanto terminaba sano y salvo la aventura me iba a la tienda y compraba petardos de los grandes, con los que dinamitaba lo primero que encontraba a mano en el barrio. Siempre volvía a casa lleno de polvo y con olor a pólvora, sintiéndome como un personaje de la Resistencia francesa, de noche merodeando por los cabarets y de día saboteando instalaciones nazis…
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Marzo 21, 2008 a 6:16 pm
bonitas historias las de tu desván
Bss
María
Marzo 24, 2008 a 11:46 am
No hay mal que por bien no venga, los hermanos mayores son así o al menos muchos de ellos, te lo digo yo, que soy la pequeña jaja. Espero que hayas tenido unas felices vacaciones, si es que las has tenido. Besos!
Marzo 25, 2008 a 5:05 am
Gracias Maria, y las de tu blog tambien
Marzo 25, 2008 a 5:21 am
Gracias Mary, igualmente espero que hayas tenido unas buenas vacaciones. En mi caso, estupendas y muy muy tranquilas. Vuelta al hogar ancestral…allá, lejos, en el norte, en las montañas, de donde soy…
**pausa emotivo/dramática; adagio de albiononi de fondo; imágenes de un páramo escoces un día de tormenta; una silueta firme y bien embozada se recorta contra la tempestad…
)
ejemm …para acompañar a la mamma unos días. Es mi concesión a la bondad
, a la vez que el contrato que tengo escrito con el Destino por cariño y sangre