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Novela de Caballerías I

Posteado en Novela de Caballerías, TODOS con etiquetas, , sobre Marzo 6, 2008 por hyperion

DE LAS ANDANZAS DE FERNANDO, DUQUE DE NARANCO-SIDONIA

(Comienzo de la primera saga que escribí, que recuerdos… ;))

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Introducción

   El duque de Naranco-Sidonia descendía de una familia de rancio abolengo cuyos antepasados habían sido cruzados cristianos en Tierra Santa.

   El duque en sí era caballero de hidalgo porte y gallarda presencia. Viniendo de noble origen, había sido educado por los mejores tutores del mundo conocido. Sus maestros habían inculcado en él la sabiduría de Occidente y las menos conocidas ciencias arcanas de Babilonia y Persia.   

   Después de innumerables viajes y correrías por todo el mundo (que no es menester contar en este relato), hallábase el duque de vuelta a su amada Castilla a la edad de treinta años. En este punto comienzan las aventuras que se narran en esta novela

Primera Parte. De como el duque salvo a una virginal doncella de innumerables atropellos y felonías estando en Hermosilla del Monte

    El sol se acostaba en la llanura castellana mientras el duque paseaba a lomos de su brioso corcel, Moro. Era este un purasangre que había sido regalado al Duque por un Sátrapa Persa en uno de sus viajes a Oriente. Poseía la fama de ser el caballo más veloz y con el apetito más extraño y voraz de toda Castilla y Aragón    

    A pocas varas de allí se encontraba una doncella de regreso a su casa después de haber cargado su cesta de viandas en el mercado vecino. Volvía presurosa, pues además de viandas había recogido amoríos yaciendo en un pajar cercano con un muchacho de la comarca. Hallábase cerca de su hogar cuando cuatro hombres de malhadado aspecto cerráronle el paso   

    -¡Deteneos, doncella!- exclamaron al unísono. -Pues siendo como sois fermosa, ¡no habréis de seguir camino sin antes habernos entregado vuestro más preciado tesoro!    

     Habiendo oído esto, la muchacha les lanzó la cesta a los pies. Pero no contentos con ello, los hombres se abalanzaron sobre su trémula figura. Encontrábanse prestos a violentarla, cuando un jinete apareció en el claro   

    -¡Atrás, bribones!- rugió el Duque.- ¡No habreis de causar ningún daño a esta virginal doncella estando yo por estos lares!    

    -Bueno, en realidad yo no… - dijo la doncella     

    -¡Silencio, muchacha!-interrumpió el duque.-¡No es preciso suplicar a estos villanos por vuestra vida estando yo a vuestro lado!    

    Dicho esto descendió el duque  de su caballo y desenvainó su espada (regalo de un Emperador japonés)    

    - Pues, ¿quién sois vos, que os atrevéis a hacer frente a cinco hombres armados (y necesitados)? - dijeron los villanos.

    - Soy Fernando, Duque de Naranco-Sidonia, y no habréis de abandonar este lugar sin probar medio metro de acero toledano* en vuestras entrañas!     

    En ese momento desatose feroz lucha entre el duque y los malhechores. Llovieron estocadas a cientos, y siendo el Duque el más diestro espadachín desde Finisterre hasta Antioquía, no tardó en dar buena cuenta de sus enemigos. Habiendo abatido a tres y puesto en fuga a los restantes, volviose el duque hacia la hermosa doncella interesándose por su estado.     

    - ¿Os encontráis bien, muchacha?

    - Encuéntrome perfectamente-, dijo la joven acercándose al duque con un andar sinuoso   

    - En ese caso, os dejo, pues he de regresar a mi castillo antes de la noche.

    - ¿Que prisa tenéis, gallardo caballero?- susurró la joven acariciando el brazo del duque.    

    - ¡Teneos, doncella! Pues no es menester mezclarse en amoríos mientras tantos villanos hollen el Reino de Castilla. ¡Habré de dar cuenta de todos ellos antes de hallar fértil solaz en brazos de mujer alguna!

     - Vamos, duque…-insistió la joven adelantando sus caderas en seductora postura.    

     - ¡Teneos os digo!, ya que habéis de guardar vuestro tesoro para más propicia ocasión y para alguien que os ame honradamente.

     Finalmente la muchacha, con el gesto contrito, recogió con sumo cuidado las viandas y depositolas en la cesta, siguiendo camino hacia su casa.
     
     Respiró el duque tranquilo, ya que por un momento sintiose tentado por la lozanía de aquesta mozuela. Más no era labor la de solazarse mientras tanto villano bla-bla-bla…

     Subiendo a lomos de su caballo (que había dado buena cuenta de dos piernas de venado de una posada vecina durante la refriega), partió el duque hacia el atardecer, sus ojos verdes brillando con la profundidad de una laguna veneciana…

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    *Del Toledo de Osaka, se entiende